Carmen Julia amanece en la bodega, ya son más de 25 años con la misma rutina todos los días, solo que hoy será distinto...
En los años 90 Carmen Julia era una linda muchacha de 24 años que vivía con sus padres, humildemente convivían todos en una casa de 18m2, su padre era herrero sin profesión que trabajaba haciendo herraduras para los caballos y su madre trabajaba vendiendo frutas que conseguía más baratas dos pueblos más allá de la carretera, todos los dias salía en una vieja bicicleta y rodaba más de 15km para buscar la mercancía que vendería ese día.
Carmen estaba terminando sus estudios de farmacia rural y todos los días trabajaba medio tiempo en la medicatura del pueblo, atendiendo con mucha dedicación a todos los pacientes. Carmen jamás pensó que ese médico con un porte de ciudadano europeo y acento marcado de ciudad que deslumbraba a todas las mujeres del pueblo, era la persona más despiadada y cruel que hubiera conocido en su vida.
Una tarde de septiembre, cuando el calor no dejaba respirar ni a los mosquitos, hubo un horrible accidente a la entrada del pueblo, un autobús que venia llegando de la capital se quedó sin frenos y cayó por un pequeño barranco hacia el río. Hubo al menos 30 heridos, dos de gravedad y llamaron urgentemente a Carmen para que fuera a asistir. Como siempre Carmen ayudó, apoyó y curó a varios de los heridos y en eso se pasó toda la tarde y gran parte de la noche.
Al momento de retirarse el médico le ofrece algo de tomar... Lo único que recuerda Carmen es el sentir que se desmayaba y luego despertar en la calle con un fuerte dolor de cabeza, la ropa mal puesta y una nota escrita a máquina que decía: -no lo cuentes, nadie te creerá-
A los dos meses supo que estaba embarazada, su padre, incrédulo le insistió miles de veces en que dijera el nombre del hombre al que se había entregado, que tenía que casarse, su madre que si sabía lo que había sucedido lloraba desconsolada, no podía creer que por el amor de su hija a ayudar, le hubieran destrozado su vida así.
La gente en el pueblo rumoreaba, se escuchaba decir a las señoras de la sociedad que Carmen era una mala mujer, que seguro se había puesto a vender su cuerpo y que era un pago bien merecido. Carmen no pronunciaba palabra, muda, se quedó muda, solo poseía un cuaderno donde escribía, nadie sabe bien lo que escribía, solo escribía.
Pasaron los meses y conforme fue siendo más notorio el embarazo dejó los estudios para concentrarse en trabajar con su madre, ahora ella vendía la fruta mientras su madre hacía el recorrido en bicicleta dos veces al día para traer más fruta que Carmen pudiera vender.
Cuando Carmen ya no podía mantenerse de pie su madre tuvo que realizar todo ella sola, viajar, vender y cuidar a su hija, el padre a pesar que habían días que se quedaba en casa con Carmen, no podía descuidar su trabajo, era el unico herrero en el pueblo y si dejaba de vender por varios días perdería los clientes para siempre.
Por fin llego el dia del nacimiento, Carmen muda como los últimos 9 meses no pronunció palabra ni tuvo gesto de dolor alguno, con ayuda de la partera dió a luz a un chiquillo de cabellos rubios como ella y ojos marrones, algo llorón como todo niño pero muy tranquilo, calmado, como Carmen.
El tiempo pasó, Carmen y su familia tuvieron dias muy duros, más aun cuando el nené se enfermó de lechina. El padre de Carmen desesperado por la enfermedad del chico, lo llevó a la medicatura, sin conocer que el doctor que lo atendería sería el mismo padre de la criatura. En la noche, al volver Carmen de vender frutas en la plaza y enterarse que el padre llevó a su nieto a la medicatura, alterada pero sin perder el control, agarró muy cariñosamente a su hijo y se encerró en el cuarto. El padre sin entender el por qué de su reacción le pregunta a la madre y ella despues de tanta insistencia, cede a contarle.
Al terminar la narración, salian rios de lágrimas de los ojos de ambos padres, el padre extrañamente a como normalmente se comporta, no pronunció palabra, solo abrazó a la madre y se retiró.
El padre de Carmen se llama José Miguel, aprendió el oficio de la herrería de su papá y este a su vez del abuelo, trabaja mucho para poder mantener una vida decente, no llena de lujos pero humildemente sobreviven, era considerado una persona honesta y al cual se le tenia mucho respeto.
Todo terminó poco tiempo de enterarse de lo que había sucedido. El sentimiento de culpa por haber juzgado a la hija, se combinaba con el de rabia por lo ocurrido, esa noche al igual que las siguientes, durmió solo lo necesario para no fallecer.
De madrugada, mientras todos dormían, José se iba a su herrería y poco a poco fabricaba un artefacto que el llamaba cuando algún curioso preguntaba: -el creyente-, poco a poco fue estudiando los pasos del supuesto doctor, que seguía haciendo de las suyas por todo el pueblo. Observaba como eran sus hábitos de rutina, las rutas que seguía religiosamente para ir y volver de su casa.
Una noche decidió que todo estaba listo, -el creyente- estaba completo, no era una simple masa de hierro, dentro suyo contenía todo tipo de resortes, palancas y sistemas hidráulicos y mecánicos. Medía no menos de 3 metros y cabía perfectamente dentro suyo una persona, tenía un aspecto grotesco, parecía un lobo gigante, con la cara ensangrentada y ojos desorbitados.
El clima de esa noche era perfecto, niebla en el camino, luna nueva, poco viento, el camino mejor imposible, una carretera de dos vias en plano con algunas colinas rodeada de bosques oscuros. El padre llevó esa noche a -el creyente- con la camioneta prestada de un amigo a la carretera y esperó...

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